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jueves, 13 de abril de 2017

El terrorismo de ETA: los carlistas como objetivo

NOVEDAD EDITORIAL

IBÁÑEZ, Víctor Javier, Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo, Madrid, Ed. Auzolan, 2017, 227 pp.


ACABA DE APARECER un nuevo libro en el mercado editorial. Se trata de una nueva línea de investigación por lo que respecta a su concreción última: los carlistas asesinados por ETA. 

Asistimos al desarrollo de un tema desgraciadamente muy actual y oportuno debido a los relatos de plomo que comienzan a aparecer sobre el terrorismo etarra. Ya hace unos días se escenificó en Bayona la entrega de armas por ETA. 

Así mismo, se trata de un libro original porque especifica la aplicación del terror a los tradicionalistas carlistas. Víctor Javier Ibáñez es el primer autor que toma esa perspectiva ignorada por muchos y olvidada sistemáticamente por las instituciones públicas, para las cuales ETA atenta sobre todo y en primer lugar a la Democracia. Así, como víctimas por la Democracia, van a pasar a la Historia los asesinados por ETA. Sin embargo, ¿es esto verdad?


Hasta ahora el sistema político español e internacional ha vinculado a las víctimas del terrorismo con la Democracia liberal. Pues bien, este libro deja claro que las víctimas no lo son por la Democracia, sino que son víctimas por todos los perversos objetivos terroristas y ya está. 

Son víctimas del terrorismo una larguísima lista de guardias civiles, militares, funcionarios, personas de la calle, españoles de a pie con hombría y dignidad, generalmente con extensa familia y muy buenos cristianos. Sin duda sus profundas creencias religiosas ha sido determinante a los familiares de muchas víctimas para contener el dolor sufrido, para perdonar personal y cristianamente a los asesinos, y para exigir -por imperativo de bien común- justicia social. El autor no quiere que se olvide esto último, ni que se llegue a ser inmisericorde con la sociedad al dejar impunes a los asesinos. 

El tema de este libro  recoge la persecución que los tradicionalistas sufrieron de manos de la banda terrorista ETA. Arrancar y asesinar a los buenos españoles y católicos de Euskalerría significaba necesariamente arrancar de ella a tradicionalistas y desde luego carlistas. ETA disparaba contra personas, pero también contra la Causa que representaban. No en vano, la historia y después los Tercios carlistas de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya demuestran, entre otras cuestiones, la gran unión entre Carlismo y tradición española con las nobles tierras vascas. Como esto es así, el autor reclama que se diga por qué murieron asesinados tantos tradicionalistas. Su memoria no puede perderse. 


Fruto de ello, el autor analiza uno por uno el caso de muchos tradicionalistas, aunque personalmente me atrevo a constatar que no todos ellos eran carlistas. De ésta manera, la boina roja de la portada no puede hacerse extensiva absolutamente a todos los asesinados recogidos en este libro, aunque quienes de ellos no eran explícitamente carlistas simpatizasen sin duda con el Carlismo. 

Este original y actual tema lo trata el historiador Víctor Javier Ibáñez en su reciente libro titulado Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo. Es un libro riguroso y bien trabajado. Falta la autoría de algunas fotografías aunque quizás con ello el autor no quiera repetir nombres, lo que desde luego no es un inconveniente. El libro está en papel y muy bien impreso. Se ha editado en España el presente 2017. En el proyecto se ha involucrado de lleno las ediciones Auzolan. Con cubiertas a color, y papel de calidad, consta de 227 páginas. Contiene la imagen de cada uno de los asesinados entre otras a color. 

Las nueve páginas del prólogo corresponden al dr. Andrés Gambra, de familia con arraigo en el valle de Roncal (Navarra), y el epílogo de cuatro páginas de Alberto Ruiz de Galarreta (seud.  Manuel de Santa Cruz). A una breve bibliografía de 35 títulos le sigue un índice onomástico.  

Nuestra enhorabuena al autor por su generosidad en entregarnos su tiempo y el fruto de su trabajo. Nuestro agradecimiento al esfuerzo editorial es esta sociedad nuestra ayuna en libros libres, auzolan y burujabetza. 

El libro merece adquirirse. Para ello dirigirse a: info@edicionesauzolan.net   

José Fermín Garralda
Dr. en Historia





domingo, 29 de enero de 2017

“El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)” Presentación y comentario

Presentación de “El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)”

(Análisis de un nuevo final ante un nuevo comienzo)

REGRESA LA HISTORIA COMO CIENCIA. Fue el martes 24 de enero a las 19:30 y durante una hora, cuando se presentó un importante libro sobre Carlismo en el Nuevo Casino de Pamplona. Se trata de la obra ganadora ex - aequo de la XIVª edición del Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi” -abuelo del presentador del acto- de la conocida Fundación Ignacio de Larramendi. Fue fallada hace dos años y medio en Sevilla para fallarse el próximo 25 de enero la XVª edición.

El hermoso salón principal, cuyo balcón señorea la plaza del Castillo de tantos recuerdos siempre -festivos y no tan festivos-, estaba lleno de público. Los convocantes fueron el presidente don Joaquín Molinero Abaurrea y don Luis Hernando de Larramendi como presidente de la Fundación.
Entre los asistentes había numerosos conocidos, doctores e intelectuales, profesores de universidad, como el Dr. Valentín Vázquez de Prada -padre de la autora, historiador de la Edad  Moderna y que en 1986 fue director de tesis de quien esto escribe sobre la administración municipal de Pamplona en el siglo XVIII- , los doctores Satanley G. Payne de University of Wisconsin-Madison, Alfonso Bullón de Mendoza del CEU, Asín RemÍrez de Esparza, Andrés Gambra, Juan José Martinena de la RAEH, Fco. Javier Caspistegui, Jesús Tanco Lerga, Pablo Larraz, Juan Cruz Alli, la profesora Artazcoz y un largo etc., autores como Joaquín Ansorena, Javier Garisoain, Javier Baleztena entre otros muchos.  
El acto fue retransmitido en directo y puede visionarse en el canal youtube (www.larramendi.com).
Correspondió dar la bienvenida en nombre del Casino al historiador Joaquín Ansorena, que agradeció a la Fundación convocante, a los miembros de la mesa y al público. Advirtió que por primera vez se iba a retransmitir el acto en directo, uniendo así este hermoso y antiguo salón con las nuevas tecnologías.

El señor Larramendi -en nombre propio y de sus hermanas Carmen y Coro ahí presentes- inició la presentación del título: El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-67), de la conocida autora la Dra. Mercedes Vázquez de Prada y Tiffe. Este libro de 355 páginas y portada a color, ha sido impreso en Gran Bretaña por Amazon.com y se encuentra en la red digital, pudiendo imprimirse en formato tradicional a pedido. En la sala se vendió a 15 euros. La editorial es Schedas S.L.

Dr. Fco. Asín , el hispanista Dr. Stanley G. Payne, Luis Hernando de Larramendi, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, autora del libro presentado. Foto: JFG2017
El Señor Larramendi presentó la Fundación Ignacio Larramendi, su origen y objetivos, así como el susodicho Premio Internacional. Destacó algo evidente, y es que la Institución convocante no admite la llamada historia apologética, que es una pseudo historia. El Premio se inserta en el vasto marco científico (que -añade quien esto escribe- sobrepasa de forma inclusiva el ámbito del profesorado universitario, conforme a la endogamia e ideologización de la universidad española), de la honestidad académica, en la exposición de los hechos, en un rigor que rechaza la apología o el intento de demostrar apriorismos. En efecto, el historiador tan sólo debe alumbrar el pasado histórico.
Las intervenciones recogidas a continuación sitúan el libro en el ámbito historiográfico, y mostraron ciertas discrepancias entre algunos miembros de la mesa que es interesante resaltar. Su exposición la hacemos según las notas tomadas en la sala, que hemos contrastado y el lector puede contrastar con el vídeo de youtube.
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El Dr. Stanley G. Payne, uno de los mejores hispanistas del ámbito académico, recordó con afecto y no sin melancolía, a dos amigos que -según él- tanto han hecho por el conocimiento histórico de la última guerra en España. Mencionó con emoción a sus amigos el abogado Fco. Javier de Lizarza -recordado como mecenas, gran carlista y español- y al jurista Javier Nagore Yárnoz -gran foralista, también carlista, y que dejó su testimonio e  investigaciones sobre la vivencia de los Tercios de requetés en la Cruzada-. A este insigne hispanista americano se debe el prólogo del libro presentado.
A decir de Stanley G. Payne, el Carlismo ha sido el movimiento político más longevo de la historia contemporánea de España y ha durado mucho tiempo. Ha sufrido un declive sociológico en sus números hasta la actualidad debido a las modernizaciones y los cambios sociales. El destino del Carlismo fue ser resucitado por sus enemigos en 1868 y la primera República, y con las provocaciones de la IIª República. Rejuvenecido por entonces, en 1936 Fal Conde quiso una sublevación sólo carlista y monárquica, aunque finalmente tuvo que sumarse a otros sectores. Eso sí, los carlistas eran los que tenían más determinación. La guerra de 1936 no significó la victoria de los carlistas, aunque tantísimo hiciesen para su logro. A Franco le gustó el tradicionalismo como visión histórica, religiosa y social. Ahora bien, no le gustaba nada el Carlismo como cuestión dinástica o legitimista, por ser -según él- insuficientes para  movilizar a todos los españoles, y un factor de división entre los españoles. A pesar del Decreto de Unificación de 1937, el Carlismo se insubordinó en la primera época del Régimen, lo que ya ha sido estudiado por alguna obra premiada por la Fundación. Franco reservó los cargos de Ministro de Justicia y de presidente de las Cortes a carlistas colaboracionistas, admitió una autonomía limitada de Álava y Navarra, afirmó algunos de los puntos básicos del Carlismo como el catolicismo tradicional, su cultura moral y religiosa y la unidad nacional. Para Franco, exigir más era entrar en el reino de las fantasías. Luego Franco promovió la candidatura del malogrado Carlos VIII. Si hubo carlistas destacados que colaboraron con Franco, sin embargo Fal Conde se opuso rotundamente durante muchos años, a la vez que don Javier se mostraba ambivalente. Franco tildaba a éste de aristócrata francés que no tenía que ver con España, aunque don Javier aceptase los términos básicos del tradicionalismo. Frente a los posibilistas estaban los intransigentes, lo que abre las muchas peripecias narradas en el libro de la presentación.
Según Stanley G. Payne, la autora ha analizado con éxito varios archivos personales para conocer un proceso contradictorio y confuso como es la etapa del Carlismo de 1957 a 1967. Ha sido una labor complicada y ha exigido mucha iniciativa personal en la historiadora. Según el hispanista, lo que hizo difícil la continuación del tradicionalismo genuino -esto es, mantenerse con éxito- fueron tres elementos. Primero, la eclosión de la democracia-cristiana y la social-democracia en Europa, acompañada de una mejora económica sin precedentes. Segundo, el cambio generacional entre los carlistas. Tercero, aquellos aspectos del Concilio Vaticano II que parecían dar al traste la unidad católica y que parecía legitimar la democracia existente; ¡qué puñalada por la espalda! -la del Vaticano II- decían Franco, así como los carlistas puros y el carlista moderado don Javier. Años después, don Carlos Hugo cambió el Ideario y programa tradicionalista por un llamado socialismo autogestionario, que implicaba una oposición al tradicionalismo político y fue heterodoxo, llegando así las primeras elecciones del año 1977. Don Carlos Hugo hizo pasar al Carlismo de la extrema derecha a la extrema izquierda. Según el hispanista, en el libro la autora describe con detalle y equilibrio la lucha de las élites dentro del Carlismo, pondera el peso relativo de sus líderes y sectores, y analiza el conflicto fundamental con la nueva heterodoxia de don Hugo. Se hace a través de una seria investigación de fuentes primarias, que analiza con precisión esta etapa clave de la historia del Carlismo, la última fase del Carlismo verdadero.
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Vista general de la sala. En primera fila, a la izquierda y con corbata,
 el dr. Valentín Vázquez de Prada. Foto: JFG2017
El Dr. Francisco Asín Remírez de Esparza se presentó como  investigador de la primera guerra carlista en Aragón siendo profesor universitario de Zaragoza durante dos décadas. Por eso, lo suyo no era juzgar en profundidad el libro presentado. Quien le conoce, sabe que desde hace muchos años don Francisco Asín es un gran conocedor del mundo editorial y del libro antiguo. Pero lo que aquí más importa es que, además de su rigor doctoral, el ponente conoció en primera persona el Carlismo desde dentro de él durante los años sesenta, como miembro de AET. Así mismo, el hecho de trabajar en las revistas Montejurra y Esfuerzo Común le dio acceso a muchas cartas y a conocer los problemas que se suscitaron.
Francisco Asín agradeció a la autora su trabajo investigador, lo que no impidió mostrarse crítico con algunos de sus planteamientos.
Según el Dr. Asín, los hechos como tales son objetivos, pero no lo son las interpretaciones que se hacen de ellos, pues pueden estar sujetas a diversos planteamientos, principios y prioridades. Es más, también en los documentos hay elementos de subjetividad. Puso un divertido ejemplo de ello. Consideró que el libro es interesante, está lleno de informaciones, a veces poco conocidas y que aporta una visión y una parte de lo que fue el Carlismo. Sin embargo -continuó- la realidad de entonces era mucho más compleja, por lo que se hacen necesarias más fuentes y más puntos de vista que las utilizadas en el libro. Él hubiera preferido más visiones y un mayor contraste entre ellas.
Para el Dr. Asín, el título del libro se refiere a lo que será el huguismo, es decir, la evolución de la Comunión Tradicionalista y el quehacer de José María Valiente hasta el momento de formarse -añade quien esto escribe que mediante ruptura- el llamado Partido Carlista. Sin embargo, en el libro faltan otros sectores como la Regencia de Estella nacida en 1958, la existencia de otras muchas sensibilidades que pudieran dar una visión diferente, y se relega a Fal y a otras importantes personalidades.
Según su propia experiencia y la de otros carlistas, los años 1965-1972 no supusieron para ellos un giro de la extrema derecha a la extrema izquierda, pues no se sintieron en ninguno de ambos ámbitos.
Si la época de José María Valiente y también la de José María Zavala fueron posibilistas, es porque había una presión de los carlistas para obtener del Régimen lo que iban obteniendo don Juan y don Juan Carlos. Con Zavala ocurrió lo mismo, y si Carlos Hugo no se presentó como el príncipe del Régimen sí se presentó como el Príncipe del 18 de Julio -hay carteles de propaganda que lo indican-, pasando luego a intentar ser  “rey” en la oposición.
¿Cómo es posible que un movimiento tan popular, vigoroso y combativo desapareciera casi de golpe en la década de los sesenta? El libro lo quiere explicar de dos maneras. Primera, alegando la postura no firme de don Javier y sus titubeos con don Juan, y, segunda, subrayando los enfrentamientos internos entre los carlistas. La existencia de dichos enfrentamientos es verdad, pero lo primero hay que matizarlo mucho. A continuación el Dr. Asín aportó sus argumentos como idea principal de su exposición.
A modo de síntesis puede decirse que a la afirmación de que al Carlismo le resucitan sus enemigos, habría que añadir que también es cierto que lo matan sus amigos.
Desde su experiencia personal, Asín manifestó lo siguiente. Don Javier fue un hombre sencillo y próximo, y fue coherente en sus ideas, nunca tuvo los vaivenes de don Juan capaz de pactar con los nacis en los 40, hacer declaraciones tradicionalistas en Estoril, y luego pactar con los comunistas en el 75. Se opuso totalmente al fascismo -con palabras y con el hecho de estar prisionero en Dachau-, y aceptó la evolución del quehacer de los carlistas para su permanencia, adaptaciones que muchos años antes hizo don Jaime y se hacen  evidentes en otras ocasiones. El Carlismo no intentaba conquistar el poder por el poder, sino para lograr unas estructuras nuevas que hicieran posible las libertades.  La sociedad pluralista se debía hacer por la vía social cristiana y no marxista. El libro -según el ponente- olvida que don Alfonso Carlos le designó rey a don Javier sino regente, lo que le permitió tener sus dudas sobre qué sería lo mejor para España.
Por otra parte, los movimientos de juanismo y el Carlismo son muy anteriores a don Javier. Comienzan con don Jaime y don Alfonso Carlos y nadie ha dicho que ambos tuvieran titubeos o vaivenes. Sobre ello el ponente aporto diferentes datos al respecto, así como del entrismo de juanistas en los círculos carlistas. En realidad, ni Alfonso Carlos ni don Javier reconocieron a don Juan porque no veían claro ni sus ideas, ni sus actitudes, ni siquiera su legitimidad.
La causa de la crisis de los carlistas no sólo son las desavenencias internas, sino también una labor de ataque exterior desde el Régimen de Franco. El Carlismo recibió ataques por el Régimen con la seducción, mediante ofrecimientos y prebendas, y diferentes actos de fuerza. La autora explica cómo intentaron convencer a algunos profesores de la Universidad de Navarra, y si el historiador y sacerdote Suárez Verdaguer aceptó ser preceptor de don Juan Carlos (añado quizás por ser sacerdote), Álvaro D’Ors rechazó la oferta y dijo: “Los hombres somos flacos capaces de cualquier villanía, pero en este caso me he salvado”. Pocos carlistas cedieron a los ofrecimientos del franquismo o del juanismo, pero eso también erosionó a los carlistas.
A partir de los años 1965, el juanismo desapareció como una opción para los carlistas. Los carlistas vieron en el juanismo un acicate para atacarle  por las prebendas, preferencias y distinciones que obtuvo del Régimen frente al Carlismo.
Al hablar de la crisis de los carlistas hay que abordar la actitud del régimen del Franco: prisiones, prohibiciones, seducciones, y en plena guerra y después el cierre de Círculos y la clausura de los 49 periódicos sin contar las muchas revistas. En efecto, la crisis de los carlistas no son sólo las desavenencias internas sino también la presión e intervención externa. Ello hizo que el Carlismo fuese un movimiento popular que perdiese ganando, que perdió en la paz después de ganar la guerra, siendo excluido de las ventajas de los ganadores y también de los perdedores.
El Carlismo no participó en el Régimen franquista -y mucho menos pudo ser agente de la construcción de España por la que había luchado-, aunque sí participasen en el Régimen algunos carlistas a título particular.
Con estas palabras, el Dr. Asín se distanció desde la experiencia de algunos planteamientos de la autora. Sin duda ello enriqueció la aportación de la mesa.
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Vista general de la sala del Nuevo Casino de Pamplona. Foto: JFG2017
Llegó el turno de la autora, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, tan esperado por el público, que explicó algunas cuestiones sobre la elaboración y redacción de un libro de historia política general, correspondiente a la etapa posibilista de los carlistas con el Régimen franquista entre 1957 y 1967. Contó el cómo y por qué escribe la obra y otras cuestiones significativas.
 Con el título El final de una ilusión quiso reflejar dos sentimientos que aletean en el carlismo en esta época, que son el entusiasmo y el fervor,  contagiado a las masas y percibido en el Acto de Montejurra de forma visual, lugar donde se juntaban carlistas de todas las edades, de todos los grupos sociales y lugares. En la portada del libro hay cinco muchachas con la ilusión propia esa joven edad durante los años 60. “Un sentimiento de ilusión en el sentido de una imagen irreal creada por el sentimiento que es una esperanza de llevar al país a una monarquía tradicionalista, pero que es algo que difícilmente podía llevarse a término y que en definitiva no pudo ser” (1). (Quien esto escribe, considera que esta expresión es clave en la exposición del libro, por lo que remitiré mi valoración en nota).
La autora consideró que el Carlismo fue un movimiento importante en la Historia de España hasta los años setenta del siglo XX. Después de más de un siglo y medio de historia, y de tres guerras, aún no se había estudiado lo ocurrido en la década de 1960, etapa conocida sólo por los que la vivieron. Pues bien, es en ella donde se encontrarán -según la autora- las claves del movimiento tradicionalista, que a su vez explicarían el futuro giro del tradicionalismo socio-político al llamado socialismo autogestionario.
Las fuentes utilizadas corresponden a los archivos personales de  Valiente y Fal Conde, ambos depositados en la Universidad de Navarra. El archivo de José María Valiente es de primera categoría, pues atesora una correspondencia activísima entre 1957 y 1967, que incluye a las altas personalidades esparcidas por toda España, y refleja los ambientes económicos y culturales y sociales.  Valiente será un catedrático de derecho civil, que procediendo de las JAP y siendo su presidente, militará en el Carlismo desde 1934. Por otra parte, también el archivo de Fal Conde, abogado sevillano anti colaboracionista con el Régimen, es importantísimo porque será un referente político de primer nivel en la Comunión Tradicionalista, a pesar de ser retirado por don Javier de la jefatura por su tenaz oposición a Franco. Por ello don Javier le nombró  consejero especial.
Gran parte de los carlistas no aceptaron el posibilismo. Cuando los dirigentes apreciaron que Franco giraba en torno a los liberales que apoyaban a don Juan Carlos, es cuando don Javier realizó un giro posibilista acercándose a Franco. Este posibilismo no era una identificación con el franquismo. Los posibilistas querían congraciarse con Franco y acercarse al Régimen por dos motivos. Uno, para tener una holgura política con la que sobrevivir, conseguir una estructura y organización política, no ser arrinconados, actualizar su Ideario, y obtener puestos de influencia. En segundo lugar, para adelantarse en la carrera a los liberales -así dice la autora-, que con Laureano López Rodó a la cabeza estaban diseñando sus estrategias para poner a Juan Carlos de Borbón.
El libro se centra en el período posibilista de los dirigentes del Carlismo oficial con el Régimen de 1957 a 1967, que se divide en dos fases. La primera, de 1957 a 1964, fue una etapa de auge e ilusión, en la que se reactiva un movimiento que aún tenía rescoldos muy vivos, que coincidía con la labor de Valiente -jefe de la secretaría desde 1957 y jefe delegado en 1960- para al final tener lugar el matrimonio de don Carlos Hugo en 1964. La segunda fase, desde finales de 1964 a 1967, fue de declive y desilusión. Luego vino el giro heterodoxo de carlistas hacia el huguismo.
El Tradicionalismo político quedará engullido por la crisis general de los años sesenta en todos los ámbitos: social, político, eclesial, y generacional. Esto va a minar las bases de tradicionalismo. Se asistía a una revolución silenciosa de amplitud occidental y europea. Tras 1964 todos los vientos soplaban en contra: el Régimen de Franco, la Iglesia (quien esto escribe hablaría mejor de crisis en la Iglesia por todos vivida), la sociedad, la crisis generacional (que enfrentará a los tradicionalistas con los que querían hacer otra cosa según el momento). Así, según la doctora, se produce una triple fragmentación de la Comunión: en sus líderes, en su proyecto político, y en las masas desconcertadas por la magnitud del cambio político, social y en el seno de la Iglesia.
Para la autora se trata de un libro sin conclusiones porque es el propio lector quien debe extraerlas fundado en las fuentes que se ofrecen en él, de por sí muy significativas y elocuentes.
 El libro saca a la luz aspectos sorprendentes y hasta ahora poco conocidos de la historia reciente del Carlismo. Plantea incógnitas que pueden ser un punto de partida para muchas investigaciones, pues hay muchísimo Carlismo en todas las regiones de España desde Asturias hasta Canarias, siendo quizás la región de Extremadura la que menos tenía. Además, hay fuentes abundantes para abordar estos trabajos.
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Para terminar don Luis Hernando de Larramendi agradeció la profesionalidad, el rigor, la honradez, el espíritu auténticamente investigador, el ansia por descubrir, tampoco por tomar partido que naturalmente las cosas se ven desde un ángulo y eso es inevitable… porque ha hecho una gran contribución de la que pueden salir muchos trabajos sobre ese período donde inciden muchas concausas, y del período posterior.

José Fermín Garralda Arizcun
Doctor en Historia
Pamplona 29-I-2017
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A modo de curiosidad, un caballero con boina roja repartió abundantes calendarios de bolsillo del año 2017. Lo hizo a la salida del acto académico y después del vino español servido en el salón. Seguramente con ello quería comunicar que el tradicionalismo carlista  (en España el tradicionalismo verdadero continúa o simpatiza con la transmisión de la legitimidad carlista) sigue siendo un proyecto-así dicen hoy- ilusionante para unos, y, para estos mismos y otros muchos simpatizantes, un proyecto  necesario para la sociedad navarra y española. Ciertamente, cuando una sociedad al fin está deshecha, la vuelta de un monarca legítimo, por urgente que sea, podría esperar. 

Decimos un proyecto necesario por la verdad de los principios generales, fundamentos y concreciones particulares de dicho proyecto, por su "olfato" político, y porque todo lo demás -importado por sus viejos y aparentemente triunfadores enemigos- se ha ensayado con un total fracaso por ser ajeno a los valores del Cristianismo, de la ley natural más básica, y de la tradición (tradere) española en cuanto que renovadora. El fracaso de nuestra civilización ha sido hondísimo y prolongado, y el camino de la disolución ha sido y es algo accidentado y reiterativo. Que el tradicionalismo no haya podido frenar y superar este fracaso no es demérito de quienes lo han intentado y siguen intentando, sino de aquellos que se callaron y se suman al carro vencedor. 

Hablamos de una tradición que recoge la civilización católica y española, expresada en un bagaje propio por lo que respecta a la persona, al matrimonio, la familia, los cuerpos sociales intermedios, el Derecho, los derechos propios de las comunidades históricas -Fueros, no delegaciones del Estado- armonizados en la unidad, expresión todo ello de los diversos pueblos hispánicos en sus fundamentos y coordenadas espacio temporales.

martes, 14 de enero de 2014

Primer siglo de Carlismo en España (1833-1931). Luchas y esperanza en épocas de aparente bonanza política.

Este libro digital pretende acercarse a los carlistas del primer siglo del Carlismo en España, a partir de sus hechos y de los textos que nos han dejado. Tiene la originalidad de explicar sus luchas y esperanza en épocas de aparente bonanza política desde 1833 (y sus antecedentes inmediatos) hasta la irrupción de la IIª República española en 1931.

domingo, 28 de noviembre de 2010

BUENOS AIRES Y LA REVOLUCIÓN DE 1810. TRADICIÓN O REVOLUCIÓN

REVOLUCIÓN Y SECESIONISMO EN EL BUENOS AIRES DE 1810 *

Este tema es complejo y espinoso, y lo asumo como tal en este ensayo histórico ante quienes vivan con fervor la Hispanidad.

¿Por qué festejar la Revolución de Mayo de 1810? Debe festejarse todo lo bueno que ha constituido a los pueblos, pero aragonés no festejará el nacimiento contra-derecho del Reino de Aragón en 1044, ni un navarro la conquista de su Reino por tropas castellanas en 1512 aunque hoy sea y se considere muy español.

Argentina no surgió en mayo de 1810, pues se formó en y como parte de la historia común de España. Juan Bautista Alberdi se equivocaba cuando identificaba a España con las cadenas y a Francia con la libertad. Dejemos su radicalismo, y hablemos sobre la revolución moderada de Buenos Aires en 1810.

(Señora principal. Sabemos que los criollos descendían de españoles, habían nacido en América, y se consideraban americanos autóctonos)


El virreinato de Río de la Plata era parte de las Españas. Tan españoles eran los criollos como los peninsulares (así decía Abad y Queypo en México en el año 1808), aunque una minoría de la élite bonaerense concibió el virreinato unido a la Real persona pero separado de España, para después romper con su Rey.

Tradicionalistas hay que para celebrar el bicentenario de 1810 presentan un cuadro cautivador de la situación, pero no un cuadro real. Al final, suponen que la independencia de España la exigía: 1) La tradición populista hispánica, es decir, los tratadistas españoles neoescolásticos de los siglos XVI y XVII con su doctrina del doble pacto y la transmisión del poder al Rey. Sabemos que eran estas y no las ideas enciclopedistas las que –salvo en minorías- predominaban en toda América. 2) La autonomía de las Indias dispuesta por el rey Carlos en 1519. 3) La independencia de Río de la Plata respecto a la Junta de Sevilla surgida frente a Napoleón hacía muy pocos años. 4) Las peculiares circunstancias de la monarquía de crisis en el Estado y Real Hacienda, crisis en la familia real, crisis por la invasión y ocupación napoleónica. 5) El absolutismo y centralismo borbónicos.

En América no existió régimen colonial sino un régimen virreinal, como en la península antes de los decretos de Nueva Planta para la Corona de Aragón en 1707-1713, y después sólo en Navarra. Carlos III tuvo la gran visión de crear el virreinato de Río de la Plata en 1776, y convirtió Buenos Aires en un gran emporio de 50.000 habitantes, separado de Méjico y Perú.

El virreinato de Río de la Plata florecía y era el más flamante de América. Su régimen político fue muy benéfico y en parte descentralizador. Un tercio de la población era criolla, nacida en América de padres españoles, y era rica, mientras que los peninsulares ocupaban la alta administración. Había pocos títulos nobiliarios, y los hacendados y la burguesía eran pujantes. La sociedad era más reformadora que innovadora, más moderada que extremista, fruto de la tendencia a conservar y del peso de la tradición hispánica. Como puerto de mar abierto al Océano, el ambiente intelectual se abría de hecho a todas las posibilidades, mezclándose las teorías tradicionales populistas hispánicas con las liberales allende de la Mar Océana.

(El virrey de Río de la Plata, el general y héroe Santiago de Liniers, que dos veces liberó Buenos Aires de los ingleses, y fue fusilado por adherirse al Consejo de Regencia de España)


Ideológicamente en la élite bonaerense hubo preliberales, otros eran tradicionales (como el resto de la población), y todos aceptaban las costumbres y mejoras materiales de su época. Unos ejemplos de esta variedad son los siguientes. El primero: Cornelio Saavedra, procurador del cabildo porteño y futuro dirigente moderado de la Revolución, en 1799 fue contrario a todos los gremios, y favorable a la libertad profesional, y a la supresión de todas las trabas y controles, para acabar con el intervencionismo estatal, pues el Estado –decían- sólo debía proteger la libertad y propiedad. El segundo se refiere al populismo tradicional (con algún lenguaje nuevo) de Blas Cabello Mayoral, cuando criticaba la autoridad desmedida del despotismo, la falta de Cortes, y pedía que los ayuntamientos eligiesen los cargos -“un monarca, (…) no es Señor absoluto de sus vasallos, y el Rey de España mucho menos”-, reclamando para “los cabildos o consejos de cada pueblo, la autoridad de celar, juzgar y sentenciar a pluralidad de votos de todo empleo civil o militar”.

Como en otras latitudes hispanoamericanas, mientras unos independentistas bonaerenses utilizaron la tradición escolástica sobre la llamada “soberanía popular”, otros se sirvieron del enciclopedismo liberal. Como dice María Saavedra Inaraja, “en uno y otro caso se apela a la doctrina jurídico-política para legitimar unas acciones que terminarían con el rompimiento definitivo de los lazos políticos que unían a la Corona española con sus reinos americanos” (Rev. “Aportes”, nº 55, 2/2004, pág. 21-34). Desde luego, entre los independentistas que se decían de inspiración escolástica, una cosa eran las palabras y su interpretación de la situación del momento, y otra muy distinta la coherencia o fidelidad a los contenidos escolásticos y a las posibilidades y fidelidad a España.

(Cortes de Cádiz en 1812, de Viniegra. Fueron el origen de la separación de los virreinatos americanos. Contra su liberalismo y centralismo reaccionaron los legitimistas de la América española como Agustín de Itúrbide, y otros como Cornelio Saavedra que optará por la secesión de Beunos Aires en 1810)


En relación con las mejoras materiales, el enorme Virreinato de Río de la Plata gozó de una gran transformación, gracias a sus buenos gobernantes, las medidas económicas y comerciales, el aumento de población incluso en las ciudades del interior, la exportación de cueros y su puerto privilegiado, las mejoras de las comunicaciones y de la organización en general.

Se conocen diferentes posturas políticas en 1810: 1) Martín de Álzaga intentó sin éxito un movimiento juntista formado por peninsulares, sin poder expulsar (1-I-1809) al virrey Santiago Liniers y Bremond -francés pero al servicio de España-, aunque en 1819 Álzaga fue secesionista. Otros juntistas admitían a criollos y peninsulares. 2) El obispo Benito Lué y Riega, el ex virrey Liniers, y el general navarro Elío, mantenían lo existente, y Pascual Ruiz Huidobro también pero deponiendo al virrey Hidalgo de Cisneros. Pensemos también el la lealtad a la Corona y a España del virrey del Perú don José Fernando Abascal y Sousa, o bien de la lealtad de don Agustín de Itúrbide. Sobre Abascal ha escrito recientemente Juan Ignacio Vargas Ezquerra con el título “Cuando no había rey en España, Abascal lo era de América” (Rev. “Aportes”, nº 55, 2/2004, pág. 10-22). 3) Cornelio Saavedra, jefe del Cuerpo militar de Patricios, era, en mayo de 1810, independentista y moderado (elección popular indirecta de los cargos, federal, descentralizador y nacional, orientación católica); 4) Manuel Belgrano quería una Regencia y luego la Monarquía, ambas independientes de España; 5) Juan José Castelli y Mariano Moreno eran independentistas, radicales o jacobinos (elección popular directa, unitarios, centralistas y porteños).

(Detalle del óleo que representa el polémico cabildo abierto bonaerense del 22-V-1810. A la derecha está Cornelio Saavedra, jefe de los militares o Patricios. Esta imagen y algunas otras están de este trabajo tomadas de la Rev. "Ahora-Información", nº 105)


Lozier Almazán (2009) afirma que “en su inmensa mayoría la población del virreinato del Río de la Plata, tanto peninsular como americana, era partidaria del régimen vigente, y estaba ajena al movimiento que se estaba tramando”. Según otros, en 1810 la población conservaba un profundo afecto a la Monarquía, mientras la emancipación contaba con muy escasa adhesión popular. Esto es muy importante.

(Detalle del retrato de Cornelio Saavedra, jefe de Patricios en Buenos Aires, que según el dr. Fernando Romero Moreno mantuvo el pensamiento tradicional junto a Chorroarín, Anchorena o Castañeda)

Saavedra no fue tan tradicionalista como algunos dicen de él desde quizás la época de Perón -Caturelli y otros-. Sus pretensiones, que parecían tradicionales, chocaron con sus procedimientos. De aspirar sólo a la autonomía, podríamos enumerar sus paradojas y contradicciones prácticas. En una sociedad conservadora como la bonaerense era fácil mantener la huella de la tradición, y si Saavedra (como en otros lugares Abad y Queypo, Hidalgo, Morelos, Itúrbide, Medina, Grela, y del Corro) podía pertenecer al populismo hispánico, también sabemos que el liberal Muñoz Torrero defendió en las Cortes de Cádiz la soberanía nacional fundamentándola –equivocadamente- en la escuela jurídica tradicional de Salamanca. Es cierto que si las ideas de la Ilustración europea no fueron el motor de arranque esencial de la Emancipación, “al menos sirvieron para concretar el carácter del movimiento independentista” (Palacio Atard). Queda soterrado en el planteamiento autonomista la confusión entre la soberanía popular, los derechos de la comunidad, y la posibilidad de defenderse por sí mismo como Buenos Aires lo hizo frente a los ingleses en 1806 y 1807. Añadamos la confusión de la terminología política, y el soslayo del funcionamiento de las instituciones políticas que, a pesar de la guerra antinapoleónica, existían a ambos lados del Océano.

Para algunos las circunstancias exigieron, con el tiempo, la ruptura con el Rey. Ahora bien, clarifican más su postura cuando afirman que tanto el trono “vacante”, como el absolutismo y centralismo borbónico, justificaban en cuanto tales la independencia. Y añade Castañeda –como del Calixto del Corro- en 1819: “la ley natural, el derecho de gentes, la política, y las circunstancias todas nos favorecen” para la independencia. Luego no sólo había circunstancias. En ellas se ocultó la emancipación, es decir, en las abdicaciones (forzadas) de Bayona, el dominio (muy precario) de la península por Napoleón, y la ausencia de Fernando VII (preso hasta 1814). Tanta insistencia de fidelidad al Rey escondía gato encerrado.

(Mariano Moreno, de ideas radicales y jacobinas, impuso el terror una vez llegado al poder en la joven Argentina. Retrato de Juan de Dios Rivera)


Además, los hechos no son exactamente como cuentan quienes aceptan la posición del independentista moderado Saavedra –o bien de Chorroarín, Anchorena o Castañeda-, como si esa fuese la aplicación del derecho tradicional hispánico.

Desde el inicio hubo un proceso revolucionario. Había crisis en España pero también en Buenos Aires, donde con el pánico todo era posible. Saavedra fue un agente clave de dicho proceso. El detonante fueron las gacetas inglesas, enviadas por Strangford, que el 14-V-1810 traían noticias de la pérdida de España. Entonces Saavedra planteó la emancipación. Quizás fue revolucionaria la deposición del virrey Sobremonte el 10-II-1807 y la elección de Santiago Liniers como virrey interino. Sin duda lo fue que el 19 de mayo Saavedra -jefe del Regimiento- rechazase su apoyo al virrey Hidalgo de Cisneros. Lo fue la manera como se realizó –y esto es muy importante- el Cabildo abierto del 22 de mayo que, además de ser sospechosamente fraudulento y en él Saavedra planteó una posición rupturista, originó la primera Junta presidida por el ex virrey Hidalgo de Cisneros, recién destituido, siendo por varios motivos falso que este último fuese el deseo de los principales vecinos de Buenos Aires. Lo fue el pronunciamiento militar del día 25, realizado por el Regimiento o Cuerpo de Patricios mandado por Saavedra. Lo fue la imposición de los nombres de la segunda Junta “por nosotros y a nombre del pueblo” (ajeno este a lo que ocurría). “¿Dónde está el pueblo?” exclamó el síndico Julián de Leiva. Lo fue la inicial ambigüedad de las palabras y tergiversación de los conceptos. ¿No implicaba una soberanía nacional implícita y la exclusividad de la voluntad popular, el convocar un Congreso “para establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente”, según quería Saavedra? Lo fue, más tarde, el 18-XII-1810, la creación de la Junta Grande, presidida también por Saavedra, para legalizar conscientemente el pronunciamiento del 25 de mayo. Después Saavedra expulsará de la Junta a los golpistas liberales radicales -seguidores de Mariano Moreno- por su conjura del 5 y 6-IV-1811. Lo fue cuando los morenistas destituyeron a Saavedra el 23-IX-1811 y formaron el primer triunvirato; el intento de Sublevación del Regimiento de Patricios el 6 de diciembre; el pronunciamiento del coronel San Martín -inspirado por la Logia Lautaro-el 8-X-1812 formándose el segundo triunvirato, y hasta la declaración de la soberanía nacional el 31-I-1813. Muchísimas situaciones y detalles recuerdan lo ocurrido en Francia y en España entre 1808 y 1823. También lo recuerdan las sangrientas consecuencias de la guerra civil y persecución.

(Detalle del óleo que representa al general San Martín a la izquierda junto con dos de sus colaboradores. Este general, llegado de Londres, hará acto de presencia en Buenos Aires)

La Revolución de Mayo fue improvisada, inmadura y fruto del temor y caos ideológico. Ni siquiera se estableció una forma de Gobierno. Los ingleses fueron sus agentes directos: en 1806 ocuparon temporalmente Buenos Aires, fracasaron de nuevo en 1807, Beresford aconsejó apoyar a los independentistas, y Castlereagh propuso la conquista militar, adoptando -al fin- promover la secesión.

La verdadera naturaleza de mayo de 1810 se ocultó insistiendo en la fidelidad a Fernando VII en todos los documentos oficiales, pero excluyendo la fidelidad a España como si esta fuese una monarquía patrimonial y los virreinatos no fuesen parte de ella. Todo indica que la Revolución se encubrió utilizando el nombre del Rey. Saavedra mantuvo la autoridad real el 1-I-1809 frente al juntero Álzaga porque –dice en sus Memorias- “aún no es tiempo” para la independencia: “dejen ustedes que las brevas maduren y entonces las comeremos”. Y añade: “Por política fue preciso cubrirla a la Junta con el manto del Señor Fernando VII”. Se adivinaba la farsa. Saavedra no pudo -en el supuesto de querer- nadar entre dos aguas dando a las palabras y a los hechos diferentes significados, además que los liberales le consideraban indispensable por ser el jefe del Regimiento. Todos los integrantes de la Junta presidida por Saavedra (salvo Alberti alegando ser sacerdote) firmaron el fusilamiento-inmolación de ex virrey y héroe Santiago Liniers y sus compañeros el 26-VIII-1810, por su fallida contrarrevolución iniciada en Córdoba.

(Detalle que representa el famoso Congreso de Tucumán de 1816, en Argentina, que proclamó la independencia de las Provincias Unidas del antiguo virreinato de Río de la Plata)

Las primeras Juntas (no digo gobiernos) no fueron un acto de fidelidad al Rey, y menos fidelidad heroica. Existía otra manera de retomar la tradición política hispana frente a unos Gobiernos absolutistas que se habían alejado de ella, como mostraron el Reino de Navarra resistiéndose al absolutismo, los realistas renovadores peninsulares, y después el Carlismo. Tras olvidar que Río de la Plata era parte de España, y tras amalgamar deseos ocultos con ideas tradicionales e innovadoras, se cayó en la impaciencia e improvisación, se ignoró las instituciones existentes, y se relegó al rey para luego negarle. Durante largas y sangrientas décadas, la minoría emancipadora, ajena y contraria inicialmente al pueblo bonaerense, no pudo llenar el vacío y evitar la desolación.

José Fermín Garralda Arizcun
Dr. en Historia por la Universidad de Navarra
(Pamplona, 28-XI-2010)

(El general Pablo Morillo, enviado a América para combatir el secesionismo. En 1815 cosechó un gran éxito, apoyado en su ejército de 10.000 hombres, 16 buques de guerra y algunos otros transportes, así como en la población y fuerzas españolas "indígenas" o americanas pero fieles a España. Sin embargo, Río de la Plata conservó su independencia desde 1810)






* Artículo publicado, con algunas modificaciones, en “Las independencias americanas”, Madrid, Rev. “Ahora-Información”, nº 105 (julio-agosto 2010), 47 pp., pág. 18-20. Cubiertas e ilustraciones a todo color. Pedidos a c/ Zurbano 71 , oficina 3, 28010, Madrid (España). Tel.-Fax 913994438


ADDENDA. A continuación, añadimos los títulos de cuatro libros publicados recientemente por jóvenes editoriales, que se suman a los muchos editados hasta ahora. Estos títulos -entre otros- suponen una novedad historiográfica de un gran interés, pues revalorizan la aportación de los ámericanos fieles a la Corona española y, lo que es igual, su fidelidad a España.


(Libro de José Manuel González, La 'cueca larga' de los Pincheira. Una montonera realista en la Independencia sudamericana, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2009, 175 pp.)




(Luis Corsi Otálora, Los realistas criollos. Por Dios, la Patria y el Rey, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2009, 140 pp.)




(Luis Corsi Otálora, Bolívar: la fuerza del desarraigo, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2005, 151 pp.)




(Luis Corsi Otálora, ¡Viva el rei" Los negros en la Independencia, Buenos Aires, Ediciones de la Academia, 2006, 99pp.)

José Fermín Garralda Arizcun