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domingo, 29 de enero de 2017

“El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)” Presentación y comentario

Presentación de “El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-1967)”

(Análisis de un nuevo final ante un nuevo comienzo)

REGRESA LA HISTORIA COMO CIENCIA. Fue el martes 24 de enero a las 19:30 y durante una hora, cuando se presentó un importante libro sobre Carlismo en el Nuevo Casino de Pamplona. Se trata de la obra ganadora ex - aequo de la XIVª edición del Premio Internacional de Historia del Carlismo “Luis Hernando de Larramendi” -abuelo del presentador del acto- de la conocida Fundación Ignacio de Larramendi. Fue fallada hace dos años y medio en Sevilla para fallarse el próximo 25 de enero la XVª edición.

El hermoso salón principal, cuyo balcón señorea la plaza del Castillo de tantos recuerdos siempre -festivos y no tan festivos-, estaba lleno de público. Los convocantes fueron el presidente don Joaquín Molinero Abaurrea y don Luis Hernando de Larramendi como presidente de la Fundación.
Entre los asistentes había numerosos conocidos, doctores e intelectuales, profesores de universidad, como el Dr. Valentín Vázquez de Prada -padre de la autora, historiador de la Edad  Moderna y que en 1986 fue director de tesis de quien esto escribe sobre la administración municipal de Pamplona en el siglo XVIII- , los doctores Satanley G. Payne de University of Wisconsin-Madison, Alfonso Bullón de Mendoza del CEU, Asín RemÍrez de Esparza, Andrés Gambra, Juan José Martinena de la RAEH, Fco. Javier Caspistegui, Jesús Tanco Lerga, Pablo Larraz, Juan Cruz Alli, la profesora Artazcoz y un largo etc., autores como Joaquín Ansorena, Javier Garisoain, Javier Baleztena entre otros muchos.  
El acto fue retransmitido en directo y puede visionarse en el canal youtube (www.larramendi.com).
Correspondió dar la bienvenida en nombre del Casino al historiador Joaquín Ansorena, que agradeció a la Fundación convocante, a los miembros de la mesa y al público. Advirtió que por primera vez se iba a retransmitir el acto en directo, uniendo así este hermoso y antiguo salón con las nuevas tecnologías.

El señor Larramendi -en nombre propio y de sus hermanas Carmen y Coro ahí presentes- inició la presentación del título: El final de una ilusión. Auge y declive del tradicionalismo carlista (1957-67), de la conocida autora la Dra. Mercedes Vázquez de Prada y Tiffe. Este libro de 355 páginas y portada a color, ha sido impreso en Gran Bretaña por Amazon.com y se encuentra en la red digital, pudiendo imprimirse en formato tradicional a pedido. En la sala se vendió a 15 euros. La editorial es Schedas S.L.

Dr. Fco. Asín , el hispanista Dr. Stanley G. Payne, Luis Hernando de Larramendi, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, autora del libro presentado. Foto: JFG2017
El Señor Larramendi presentó la Fundación Ignacio Larramendi, su origen y objetivos, así como el susodicho Premio Internacional. Destacó algo evidente, y es que la Institución convocante no admite la llamada historia apologética, que es una pseudo historia. El Premio se inserta en el vasto marco científico (que -añade quien esto escribe- sobrepasa de forma inclusiva el ámbito del profesorado universitario, conforme a la endogamia e ideologización de la universidad española), de la honestidad académica, en la exposición de los hechos, en un rigor que rechaza la apología o el intento de demostrar apriorismos. En efecto, el historiador tan sólo debe alumbrar el pasado histórico.
Las intervenciones recogidas a continuación sitúan el libro en el ámbito historiográfico, y mostraron ciertas discrepancias entre algunos miembros de la mesa que es interesante resaltar. Su exposición la hacemos según las notas tomadas en la sala, que hemos contrastado y el lector puede contrastar con el vídeo de youtube.
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El Dr. Stanley G. Payne, uno de los mejores hispanistas del ámbito académico, recordó con afecto y no sin melancolía, a dos amigos que -según él- tanto han hecho por el conocimiento histórico de la última guerra en España. Mencionó con emoción a sus amigos el abogado Fco. Javier de Lizarza -recordado como mecenas, gran carlista y español- y al jurista Javier Nagore Yárnoz -gran foralista, también carlista, y que dejó su testimonio e  investigaciones sobre la vivencia de los Tercios de requetés en la Cruzada-. A este insigne hispanista americano se debe el prólogo del libro presentado.
A decir de Stanley G. Payne, el Carlismo ha sido el movimiento político más longevo de la historia contemporánea de España y ha durado mucho tiempo. Ha sufrido un declive sociológico en sus números hasta la actualidad debido a las modernizaciones y los cambios sociales. El destino del Carlismo fue ser resucitado por sus enemigos en 1868 y la primera República, y con las provocaciones de la IIª República. Rejuvenecido por entonces, en 1936 Fal Conde quiso una sublevación sólo carlista y monárquica, aunque finalmente tuvo que sumarse a otros sectores. Eso sí, los carlistas eran los que tenían más determinación. La guerra de 1936 no significó la victoria de los carlistas, aunque tantísimo hiciesen para su logro. A Franco le gustó el tradicionalismo como visión histórica, religiosa y social. Ahora bien, no le gustaba nada el Carlismo como cuestión dinástica o legitimista, por ser -según él- insuficientes para  movilizar a todos los españoles, y un factor de división entre los españoles. A pesar del Decreto de Unificación de 1937, el Carlismo se insubordinó en la primera época del Régimen, lo que ya ha sido estudiado por alguna obra premiada por la Fundación. Franco reservó los cargos de Ministro de Justicia y de presidente de las Cortes a carlistas colaboracionistas, admitió una autonomía limitada de Álava y Navarra, afirmó algunos de los puntos básicos del Carlismo como el catolicismo tradicional, su cultura moral y religiosa y la unidad nacional. Para Franco, exigir más era entrar en el reino de las fantasías. Luego Franco promovió la candidatura del malogrado Carlos VIII. Si hubo carlistas destacados que colaboraron con Franco, sin embargo Fal Conde se opuso rotundamente durante muchos años, a la vez que don Javier se mostraba ambivalente. Franco tildaba a éste de aristócrata francés que no tenía que ver con España, aunque don Javier aceptase los términos básicos del tradicionalismo. Frente a los posibilistas estaban los intransigentes, lo que abre las muchas peripecias narradas en el libro de la presentación.
Según Stanley G. Payne, la autora ha analizado con éxito varios archivos personales para conocer un proceso contradictorio y confuso como es la etapa del Carlismo de 1957 a 1967. Ha sido una labor complicada y ha exigido mucha iniciativa personal en la historiadora. Según el hispanista, lo que hizo difícil la continuación del tradicionalismo genuino -esto es, mantenerse con éxito- fueron tres elementos. Primero, la eclosión de la democracia-cristiana y la social-democracia en Europa, acompañada de una mejora económica sin precedentes. Segundo, el cambio generacional entre los carlistas. Tercero, aquellos aspectos del Concilio Vaticano II que parecían dar al traste la unidad católica y que parecía legitimar la democracia existente; ¡qué puñalada por la espalda! -la del Vaticano II- decían Franco, así como los carlistas puros y el carlista moderado don Javier. Años después, don Carlos Hugo cambió el Ideario y programa tradicionalista por un llamado socialismo autogestionario, que implicaba una oposición al tradicionalismo político y fue heterodoxo, llegando así las primeras elecciones del año 1977. Don Carlos Hugo hizo pasar al Carlismo de la extrema derecha a la extrema izquierda. Según el hispanista, en el libro la autora describe con detalle y equilibrio la lucha de las élites dentro del Carlismo, pondera el peso relativo de sus líderes y sectores, y analiza el conflicto fundamental con la nueva heterodoxia de don Hugo. Se hace a través de una seria investigación de fuentes primarias, que analiza con precisión esta etapa clave de la historia del Carlismo, la última fase del Carlismo verdadero.
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Vista general de la sala. En primera fila, a la izquierda y con corbata,
 el dr. Valentín Vázquez de Prada. Foto: JFG2017
El Dr. Francisco Asín Remírez de Esparza se presentó como  investigador de la primera guerra carlista en Aragón siendo profesor universitario de Zaragoza durante dos décadas. Por eso, lo suyo no era juzgar en profundidad el libro presentado. Quien le conoce, sabe que desde hace muchos años don Francisco Asín es un gran conocedor del mundo editorial y del libro antiguo. Pero lo que aquí más importa es que, además de su rigor doctoral, el ponente conoció en primera persona el Carlismo desde dentro de él durante los años sesenta, como miembro de AET. Así mismo, el hecho de trabajar en las revistas Montejurra y Esfuerzo Común le dio acceso a muchas cartas y a conocer los problemas que se suscitaron.
Francisco Asín agradeció a la autora su trabajo investigador, lo que no impidió mostrarse crítico con algunos de sus planteamientos.
Según el Dr. Asín, los hechos como tales son objetivos, pero no lo son las interpretaciones que se hacen de ellos, pues pueden estar sujetas a diversos planteamientos, principios y prioridades. Es más, también en los documentos hay elementos de subjetividad. Puso un divertido ejemplo de ello. Consideró que el libro es interesante, está lleno de informaciones, a veces poco conocidas y que aporta una visión y una parte de lo que fue el Carlismo. Sin embargo -continuó- la realidad de entonces era mucho más compleja, por lo que se hacen necesarias más fuentes y más puntos de vista que las utilizadas en el libro. Él hubiera preferido más visiones y un mayor contraste entre ellas.
Para el Dr. Asín, el título del libro se refiere a lo que será el huguismo, es decir, la evolución de la Comunión Tradicionalista y el quehacer de José María Valiente hasta el momento de formarse -añade quien esto escribe que mediante ruptura- el llamado Partido Carlista. Sin embargo, en el libro faltan otros sectores como la Regencia de Estella nacida en 1958, la existencia de otras muchas sensibilidades que pudieran dar una visión diferente, y se relega a Fal y a otras importantes personalidades.
Según su propia experiencia y la de otros carlistas, los años 1965-1972 no supusieron para ellos un giro de la extrema derecha a la extrema izquierda, pues no se sintieron en ninguno de ambos ámbitos.
Si la época de José María Valiente y también la de José María Zavala fueron posibilistas, es porque había una presión de los carlistas para obtener del Régimen lo que iban obteniendo don Juan y don Juan Carlos. Con Zavala ocurrió lo mismo, y si Carlos Hugo no se presentó como el príncipe del Régimen sí se presentó como el Príncipe del 18 de Julio -hay carteles de propaganda que lo indican-, pasando luego a intentar ser  “rey” en la oposición.
¿Cómo es posible que un movimiento tan popular, vigoroso y combativo desapareciera casi de golpe en la década de los sesenta? El libro lo quiere explicar de dos maneras. Primera, alegando la postura no firme de don Javier y sus titubeos con don Juan, y, segunda, subrayando los enfrentamientos internos entre los carlistas. La existencia de dichos enfrentamientos es verdad, pero lo primero hay que matizarlo mucho. A continuación el Dr. Asín aportó sus argumentos como idea principal de su exposición.
A modo de síntesis puede decirse que a la afirmación de que al Carlismo le resucitan sus enemigos, habría que añadir que también es cierto que lo matan sus amigos.
Desde su experiencia personal, Asín manifestó lo siguiente. Don Javier fue un hombre sencillo y próximo, y fue coherente en sus ideas, nunca tuvo los vaivenes de don Juan capaz de pactar con los nacis en los 40, hacer declaraciones tradicionalistas en Estoril, y luego pactar con los comunistas en el 75. Se opuso totalmente al fascismo -con palabras y con el hecho de estar prisionero en Dachau-, y aceptó la evolución del quehacer de los carlistas para su permanencia, adaptaciones que muchos años antes hizo don Jaime y se hacen  evidentes en otras ocasiones. El Carlismo no intentaba conquistar el poder por el poder, sino para lograr unas estructuras nuevas que hicieran posible las libertades.  La sociedad pluralista se debía hacer por la vía social cristiana y no marxista. El libro -según el ponente- olvida que don Alfonso Carlos le designó rey a don Javier sino regente, lo que le permitió tener sus dudas sobre qué sería lo mejor para España.
Por otra parte, los movimientos de juanismo y el Carlismo son muy anteriores a don Javier. Comienzan con don Jaime y don Alfonso Carlos y nadie ha dicho que ambos tuvieran titubeos o vaivenes. Sobre ello el ponente aporto diferentes datos al respecto, así como del entrismo de juanistas en los círculos carlistas. En realidad, ni Alfonso Carlos ni don Javier reconocieron a don Juan porque no veían claro ni sus ideas, ni sus actitudes, ni siquiera su legitimidad.
La causa de la crisis de los carlistas no sólo son las desavenencias internas, sino también una labor de ataque exterior desde el Régimen de Franco. El Carlismo recibió ataques por el Régimen con la seducción, mediante ofrecimientos y prebendas, y diferentes actos de fuerza. La autora explica cómo intentaron convencer a algunos profesores de la Universidad de Navarra, y si el historiador y sacerdote Suárez Verdaguer aceptó ser preceptor de don Juan Carlos (añado quizás por ser sacerdote), Álvaro D’Ors rechazó la oferta y dijo: “Los hombres somos flacos capaces de cualquier villanía, pero en este caso me he salvado”. Pocos carlistas cedieron a los ofrecimientos del franquismo o del juanismo, pero eso también erosionó a los carlistas.
A partir de los años 1965, el juanismo desapareció como una opción para los carlistas. Los carlistas vieron en el juanismo un acicate para atacarle  por las prebendas, preferencias y distinciones que obtuvo del Régimen frente al Carlismo.
Al hablar de la crisis de los carlistas hay que abordar la actitud del régimen del Franco: prisiones, prohibiciones, seducciones, y en plena guerra y después el cierre de Círculos y la clausura de los 49 periódicos sin contar las muchas revistas. En efecto, la crisis de los carlistas no son sólo las desavenencias internas sino también la presión e intervención externa. Ello hizo que el Carlismo fuese un movimiento popular que perdiese ganando, que perdió en la paz después de ganar la guerra, siendo excluido de las ventajas de los ganadores y también de los perdedores.
El Carlismo no participó en el Régimen franquista -y mucho menos pudo ser agente de la construcción de España por la que había luchado-, aunque sí participasen en el Régimen algunos carlistas a título particular.
Con estas palabras, el Dr. Asín se distanció desde la experiencia de algunos planteamientos de la autora. Sin duda ello enriqueció la aportación de la mesa.
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Vista general de la sala del Nuevo Casino de Pamplona. Foto: JFG2017
Llegó el turno de la autora, la Dra. Mercedes Vázquez de Prada, tan esperado por el público, que explicó algunas cuestiones sobre la elaboración y redacción de un libro de historia política general, correspondiente a la etapa posibilista de los carlistas con el Régimen franquista entre 1957 y 1967. Contó el cómo y por qué escribe la obra y otras cuestiones significativas.
 Con el título El final de una ilusión quiso reflejar dos sentimientos que aletean en el carlismo en esta época, que son el entusiasmo y el fervor,  contagiado a las masas y percibido en el Acto de Montejurra de forma visual, lugar donde se juntaban carlistas de todas las edades, de todos los grupos sociales y lugares. En la portada del libro hay cinco muchachas con la ilusión propia esa joven edad durante los años 60. “Un sentimiento de ilusión en el sentido de una imagen irreal creada por el sentimiento que es una esperanza de llevar al país a una monarquía tradicionalista, pero que es algo que difícilmente podía llevarse a término y que en definitiva no pudo ser” (1). (Quien esto escribe, considera que esta expresión es clave en la exposición del libro, por lo que remitiré mi valoración en nota).
La autora consideró que el Carlismo fue un movimiento importante en la Historia de España hasta los años setenta del siglo XX. Después de más de un siglo y medio de historia, y de tres guerras, aún no se había estudiado lo ocurrido en la década de 1960, etapa conocida sólo por los que la vivieron. Pues bien, es en ella donde se encontrarán -según la autora- las claves del movimiento tradicionalista, que a su vez explicarían el futuro giro del tradicionalismo socio-político al llamado socialismo autogestionario.
Las fuentes utilizadas corresponden a los archivos personales de  Valiente y Fal Conde, ambos depositados en la Universidad de Navarra. El archivo de José María Valiente es de primera categoría, pues atesora una correspondencia activísima entre 1957 y 1967, que incluye a las altas personalidades esparcidas por toda España, y refleja los ambientes económicos y culturales y sociales.  Valiente será un catedrático de derecho civil, que procediendo de las JAP y siendo su presidente, militará en el Carlismo desde 1934. Por otra parte, también el archivo de Fal Conde, abogado sevillano anti colaboracionista con el Régimen, es importantísimo porque será un referente político de primer nivel en la Comunión Tradicionalista, a pesar de ser retirado por don Javier de la jefatura por su tenaz oposición a Franco. Por ello don Javier le nombró  consejero especial.
Gran parte de los carlistas no aceptaron el posibilismo. Cuando los dirigentes apreciaron que Franco giraba en torno a los liberales que apoyaban a don Juan Carlos, es cuando don Javier realizó un giro posibilista acercándose a Franco. Este posibilismo no era una identificación con el franquismo. Los posibilistas querían congraciarse con Franco y acercarse al Régimen por dos motivos. Uno, para tener una holgura política con la que sobrevivir, conseguir una estructura y organización política, no ser arrinconados, actualizar su Ideario, y obtener puestos de influencia. En segundo lugar, para adelantarse en la carrera a los liberales -así dice la autora-, que con Laureano López Rodó a la cabeza estaban diseñando sus estrategias para poner a Juan Carlos de Borbón.
El libro se centra en el período posibilista de los dirigentes del Carlismo oficial con el Régimen de 1957 a 1967, que se divide en dos fases. La primera, de 1957 a 1964, fue una etapa de auge e ilusión, en la que se reactiva un movimiento que aún tenía rescoldos muy vivos, que coincidía con la labor de Valiente -jefe de la secretaría desde 1957 y jefe delegado en 1960- para al final tener lugar el matrimonio de don Carlos Hugo en 1964. La segunda fase, desde finales de 1964 a 1967, fue de declive y desilusión. Luego vino el giro heterodoxo de carlistas hacia el huguismo.
El Tradicionalismo político quedará engullido por la crisis general de los años sesenta en todos los ámbitos: social, político, eclesial, y generacional. Esto va a minar las bases de tradicionalismo. Se asistía a una revolución silenciosa de amplitud occidental y europea. Tras 1964 todos los vientos soplaban en contra: el Régimen de Franco, la Iglesia (quien esto escribe hablaría mejor de crisis en la Iglesia por todos vivida), la sociedad, la crisis generacional (que enfrentará a los tradicionalistas con los que querían hacer otra cosa según el momento). Así, según la doctora, se produce una triple fragmentación de la Comunión: en sus líderes, en su proyecto político, y en las masas desconcertadas por la magnitud del cambio político, social y en el seno de la Iglesia.
Para la autora se trata de un libro sin conclusiones porque es el propio lector quien debe extraerlas fundado en las fuentes que se ofrecen en él, de por sí muy significativas y elocuentes.
 El libro saca a la luz aspectos sorprendentes y hasta ahora poco conocidos de la historia reciente del Carlismo. Plantea incógnitas que pueden ser un punto de partida para muchas investigaciones, pues hay muchísimo Carlismo en todas las regiones de España desde Asturias hasta Canarias, siendo quizás la región de Extremadura la que menos tenía. Además, hay fuentes abundantes para abordar estos trabajos.
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Para terminar don Luis Hernando de Larramendi agradeció la profesionalidad, el rigor, la honradez, el espíritu auténticamente investigador, el ansia por descubrir, tampoco por tomar partido que naturalmente las cosas se ven desde un ángulo y eso es inevitable… porque ha hecho una gran contribución de la que pueden salir muchos trabajos sobre ese período donde inciden muchas concausas, y del período posterior.

José Fermín Garralda Arizcun
Doctor en Historia
Pamplona 29-I-2017
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A modo de curiosidad, un caballero con boina roja repartió abundantes calendarios de bolsillo del año 2017. Lo hizo a la salida del acto académico y después del vino español servido en el salón. Seguramente con ello quería comunicar que el tradicionalismo carlista  (en España el tradicionalismo verdadero continúa o simpatiza con la transmisión de la legitimidad carlista) sigue siendo un proyecto-así dicen hoy- ilusionante para unos, y, para estos mismos y otros muchos simpatizantes, un proyecto  necesario para la sociedad navarra y española. Ciertamente, cuando una sociedad al fin está deshecha, la vuelta de un monarca legítimo, por urgente que sea, podría esperar. 

Decimos un proyecto necesario por la verdad de los principios generales, fundamentos y concreciones particulares de dicho proyecto, por su "olfato" político, y porque todo lo demás -importado por sus viejos y aparentemente triunfadores enemigos- se ha ensayado con un total fracaso por ser ajeno a los valores del Cristianismo, de la ley natural más básica, y de la tradición (tradere) española en cuanto que renovadora. El fracaso de nuestra civilización ha sido hondísimo y prolongado, y el camino de la disolución ha sido y es algo accidentado y reiterativo. Que el tradicionalismo no haya podido frenar y superar este fracaso no es demérito de quienes lo han intentado y siguen intentando, sino de aquellos que se callaron y se suman al carro vencedor. 

Hablamos de una tradición que recoge la civilización católica y española, expresada en un bagaje propio por lo que respecta a la persona, al matrimonio, la familia, los cuerpos sociales intermedios, el Derecho, los derechos propios de las comunidades históricas -Fueros, no delegaciones del Estado- armonizados en la unidad, expresión todo ello de los diversos pueblos hispánicos en sus fundamentos y coordenadas espacio temporales.

jueves, 23 de diciembre de 2010

"RETORNO A LA LEALTAD. EL DESAFÍO CARLISTA AL FRANQUISMO". Presentación de un nuevo libro.


UN NUEVO LIBRO. EL AUTOR, MANUEL MARTORELL: “RETORNO A LA LEALTAD. EL DESAFÍO CARLISTA AL FRANQUISMO”. ACTO DE PRESENTACIÓN EN PAMPLONA (NAVARRA). PREMIO “FUNDACION IGNACIO LARRAMENDI”.
(Portada del nuevo libro, 2010)

FUE TODO UN ÉXITO para quien contempla desde fuera el panorama presente en los ámbitos investigador y editorial. Cualquiera puede advertir que la actual investigación histórica va dejando poco a poco las cosas en su sitio, porque el trastocar primero, el silencio y ocultamiento después, y la tergiversación reciente, han creado un denso poso de ignorancia sobre el movimiento político más antiguo de Europa, que es el Carlismo.

La sala de conferencias de “Civican. Sede de Banca Cívica” de Pamplona (Avda. Pío XII)de la Comunidad Foral de Navarra (España), estaba llena de público. La presentación del libro de Manuel Martorell (1) titulado Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo, ha sido una lección magistral ansiada por un público en espera en una sala abarrotada de personas interesadas en este tema. Ya antes entre libro había sido presentado en Madrid.
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(Vista general de la sala de conferencias)
La presentación de este nuevo libro de Manuel Martorell fue organizada por el Ateneo de Pamplona, al que debemos agradecer la iniciativa. Para el representante de dicho Ateneo, decir “Carlismo” es decir afluencia de público interesado. En su día, el Ateneo organizó un ciclo sobre Carlismo, y fue tal su éxito que esta institución siempre ha estado predispuesta a cultivar tal importante tema. Para el ateneísta, el libro de Martorell continúa ese otro precioso libro de Jordi Canal, titulado Banderas blancas, boinas rojas. Una historia política del carlismo, 1876-1939 (Marcial Pons, 2006). Sin duda, la desmemoria que se puede sufrir en una época concreta se ve, tarde o temprano, compensada por el renacer de la memoria de los pueblos de mano de historiadores y de la propia sociedad. La llama no está hecha para ser guardada debajo del celemín.

Por su parte, Luis González, de la Fundación Ignacio Larramendi, que ha galardonado esta tesis doctoral con el Premio de Historia del Carlismo convocada por aquella, explicó los principios y objetivos de dicha Fundación. Una de sus direcciones de trabajo es promover la investigación sobre Carlismo, como hubiera deseado aquel político inolvidable Luís Hernando de Larramendi, escritor, jurista y, sobre todo, tribuno tradicionalista, según reza la solapa del libro de Martorell.

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El dr. Fco. Javier Caspistegui, de la Universidad de Navarra, conocido como autoridad sobre Carlismo, explicó la novedad e importancia del nuevo libro de Martorell, y lo enmarcó en la evolución historiográfica relativa al Carlismo. Según él, este libro impide que de alguna manera el general Franco gane la batalla de la memoria histórica del bando nacional, pues es habitual confundir a los carlistas con el nuevo régimen. En efecto, si los carlistas vencieron en la guerra, fueron derrotados en la posterior paz. Algunos carlistas, tras el conflicto de 1936, se plantearon escribir seriamente una historia del Carlismo, pues la escrita hasta entonces había sido redactada por los vencedores liberales, con los olvidos, desenfoques y hasta prejuicios propios del vencedor de una guerra civil. Ya era hora de salir de esta situación. Por ejemplo, tras 1939, el Padre Apalategui propuso reconstruir la sociedad desde el punto de vista tradicionalista. Román Oyarzun escribirá su Historia del Carlismo en 1939. En este libro, Oyarzun afirmaba que era necesario reescribir la memoria del Carlismo, para así corregir la falsa historia escrita por los liberales, salvo autores serios como Pirala y Buenaventura de Córdoba. Más tarde, Julián de Torresano (1963) y Melchor Ferrer (un firme corrector de Pirala) dedicaron sus esfuerzos para aportar documentos y aclarar la realidad y el significado del Carlismo en su larga historia.

En efecto, según el dr. Caspistegui, la historia del Carlismo no figura adecuadamente en los libros de historia del bachillerato, pues durante el franquismo se quiso postergar su historia. Tras utilizar a los requetés como carne de cañón, se relegó conscientemente al Carlismo al olvido. Si recuperar la memoria carlista no es exactamente la historia, en los años sesenta todavía no se había logrado dicha recuperación. El Carlismo seguía teniendo mala prensa, y era “el malo” de la película: era por entonces los años setenta y ochenta. Algo después, en los ochenta y noventa, comenzaron a aparecer estudios sobre el Carlismo que salían del ámbito propiamente carlista. Hemos llegado hasta hoy. El libro de Martorell no está escrito desde el revisionismo ni desde el partidismo.
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Tras esta brillante exposición, toma la palabra el dr. Manuel Martorell, periodista e historiador. Por oficio, su palabra y pluma son fáciles para el público. Creo que este último entendió perfectamente el significado del libro, que estaba a la venta en la mesa de entrada por el módico precio de 25 euros.

Según él, el motivo principal de este trabajo, que le ha ocupado el esfuerzo de varios años, era dar respuesta a las simplificaciones sobre el Carlismo que pueden comprobarse en la sociedad española. Por ejemplo, muchos contertulios cometen el grave error de vincular al Carlismo con el franquismo e incluso muchas veces con la Falange.

Los años que abarca el libro son los de la guerra y la difícil postguerra, omitiendo analizar el javierismo posterior a 1958. Por ejemplo, en los documentales de época, siempre que aparecía una boina roja, los guionistas ponían al lado una camisa azul.

El ponente dejó bien claro que si bien es cierto que hubo carlistas que participaron en la Unificación de Falange y Carlismo decretada por Franco en 1937, y que aún participaron en ella, sin embargo, otros muchos –la mayoría del pueblo carlista- estuvieron desde el comienzo contra la Unificación. Realmente, el Carlismo poseía una ideas centrales inalterables, pero también admitía matices diferentes en otros aspectos, así como diferentes tendencias, hasta llegar incluso a algunas escisiones siempre lamentables (añado: algunos neocatólicos tras 1876, integrismo, mellismo…).

Martorell citó dos ejemplos que recogían las primeras divisiones. Se refirió a las disensiones mantenidas entre la Junta Nacional por un lado (presidida por el regente don Javier, con el delegado Manuel Fal Conde y otros jefes) y, por otro, la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra. He aquí dos ejemplos de tales disensiones. Primero: dicha Junta de Navarra logró que determinados organismos de la Comunión Tradicionalista dijesen el “sí” a la Unificación, mientras la Junta Nacional estaba en contra de ella. Segundo: la Junta de Navarra abortó una propuesta de canje general realizada por la Junta Nacional. Dicha propuesta se trataba del intercambio y la liberación de todos los encarcelados y rehenes. La Junta de Navarra frustró este importante acuerdo, que también fue promovido por Reino Unido y la Cruz Roja Internacional.

Según Martorell, que enseguida captó la atención del público asistente, la militancia de base carlista reconstruyó la Comunión al margen de aquellas jerarquías que habían colaborado con el régimen franquista. Los encabezaban don Javier, Fal y el resto de la Junta Nacional. Ya en la Asamblea de Insúa, estos mandos establecieron las líneas de comportamiento que no iban a seguir quienes aceptaron la Unificación. ¿Quiénes componían la militancia carlista? En primer lugar, el 90% de los voluntarios requetés, luego las margaritas, y también los muchísimos estudiantes encuadrados en la AET. Ninguno de ellos fue consultado cuando algunos de los jefes aceptaron la Unificación.

(Conocida imagen de S.A.R. don Javier de Borbón-Parma, y simpática fotografía de don Manuel Fal Conde, Jefe Delegado)

¿Qué conclusiones estableció el autor en la presentación de su interesantísimo libro, que promete al lector un buen aprendizaje?

Primera: el Decreto de Unificación fue ilegítimo, porque prescindió de las autoridades de la Comunión Tradicionalista (CT), pues la militancia carlista no fue consultada, y los adheridos a aquella rompieron la organización interna de la CT. Segunda: el período de los años cuarenta fue el de mayor enfrentamiento entre Carlismo y el régimen franquista, que culminaron en los graves sucesos de Pamplona y Valencia el 3 de diciembre de 1945, e incluso en el atentado de Begoña. Hubo muchos detenidos, hubo quienes recibían palizas (en Ciudad Real, Zaragoza, Mallorca, Zamora…), a otros se les rapaba la cabeza y se les hacía beber aceite de ricino para abandonarlos después en la calle. Tercera: en contra de lo que no se dice, la Comunión Tradicionalista plantó, antes de terminar la guerra, una estrategia para conseguir el cese del general Franco en el poder.

A continuación, Martorell expuso varias imágenes, cuyo contexto comentó con detalle. La primera, es la imagen de la portada del libro. Se trata del juramento de los Fueros por don Javier el 19-V-1937 en la Casa de Juntas de Guernica. Le toma el juramento don Fermín Erice, párroco de Esquíroz y capellán de requetés. Este acto fue un desafío al nuevo sistema político, pues se realizó justo un mes después al Decreto de Unificación del 19-IV-1937. Poco después, Franco enviaba a la guardia Civil para expulsar a don Javier de España. Otro de los asistentes al Acto que aparece en la fotografía fue apresado. (Añado de mi cosecha particular que dicho juramento no se tomó de manos de la Junta Señorial de Vizcaya, que don Javier giró posteriormente hacia el franquismo, y que en 1958 don Mauricio de Sivatte creó la Regencia, la cual en todo momento mantuvo la oposición a Franco).

La segunda imagen propuesta por Martorell era una pintura que representaba al Tercio de San Miguel ante la ciudad de Barcelona, situada a sus pies. En realidad, FET y de las JONS diseñó como estrategia que el Carlismo no tuviese intervención en la liberación de Cataluña. El objetivo era que los carlistas no hicieran lo mismo que en Vizcaya: exigir la defensa de los Fueros. Por ello, se ordenó que el Tercio de San Miguel detuviese su avance, para que fuese el falangista Yagüe quien entrase en la ciudad. Liberada la ciudad condal, los carlistas abrieron sus círculos, pero enseguida estos fueron clausurados por orden gubernamental. También fue desterrado el jefe regional carlista, que era don Mauricio de Sivatte, marqués de Vallbona. (El conferenciante no citó el nombre de dicha personalidad tan significada ya en ese momento, pues en 1958, tras madura reflexión y muchas entrevistas con don Javier, se separó de éste último). También en Barcelona, según Martorell el periódico editado con el lema Dios-Patria-Fueros-Rey, recibió la orden de suprimir dicho lema a cambio de órdenes que ensalzaban al general Franco).

(Con todo lo que escuchaba, los carlistas no me parecían unos románticos "ya idos" -seguramente porque sus principios y virtudes sobrepasan una época cultural concreta-. Es el actual público de tendencia algo "neorromántica" -y lógicamente no sólo éste-el que al parecer admira a los carlistas de ayer, ya por vivir en una sociedad materializada, ya también por el contraste de verlos postergados en la historiografía hasta fechas algo recientes. Esto es un hecho y no por ello hay que considerar a los carlistas "más altos y más guapos" según la boutade de Pan-Montojo escrita hace ya un tiempo, en 1990).
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La exposición del dr. Martorell siguió adelante. Los contenidos más significativos ya estaban dichos. En la sala se apreciaba un profundo silencio. ¿Qué puede añadir este a modo de cronista, sobre lo que se dijo y sobre el mismo acto? La presentación resultó brillante. Seguramente hubo muchos comentarios, y habrá muchas reseñas científicas y periodísticas del libro. Debemos felicitar a Manuel Martorell por su trabajo, a la Fundación Ignacio Larramendi y editorial Actas por galardonar y publicar este importante estudio (2010, 443 pp.), así como al Ateneo y a los demás intervinientes. Ahora bien, es la hora del lector. He recogido, bajo mi exclusiva responsabilidad y con ruego de que quienes son aquí nombrados tengan a bien mi colaboración, lo que dijeron los participantes en la presentación, y ahora debemos dejar paso libre al libro. Sólo cuesta 25 euros y sus hermosas cubiertas está a tono con la bella impresión y el aparato gráfico central. Por mi parte, en breve leeré el libro y así podré aportar mi parecer al respecto.

El libro consta de quince capítulos con notas a pie de página, más una relación final de los diversos archivos consultados, de las fuentes utilizada ya sean orales, o bien escritas como son los Boletines, declaraciones, folletos, octavillas, periódicos y revistas. También se añade una copiosa bibliografía general de libros y artículos.

Pamplona, 21 de diciembre de 2010
José Fermín Garralda Arizcun
Doctor en Historia

(1) Manuel Martorell ha sido entrevistado por "Diario de Navarra", y sus declaraciones figuran por extenso en la página 70 de este diario del miércoles, 22-XII-2010. Así mismo, ha publicado un estudio sobre la represión en la retaguardia de Navarra en "Los papeles de la Junta", Madrid, Rev. "Aportes. Revista de Historia Contemporánea", nº 72 (1/2010)136 pp., pág. 82-94.

Las fotografías proceden de J. F. Garralda

(Conocido cuadro al óleo de don Carlos Mª Isidro, hijo de Carlos IV, pretendiente carlista para unos y rey de Las Españas para otros con el nombre de Carlos V).

ADDENDA. Permítame el lector añadir una perspectiva o reflexión personal, que me rondó al escuchar las palabras de los intervinientes en el muy agradable Acto de presentación que comentamos.

Mi tesis es que los sectores liberales conservadores se hicieron franquistas lo mismo que antes habían sido primorriveristas, manteniendo en el fondo, y cada vez de una forma más viva incluso en las formas, su llama anticarlista o antitradicional, para triunfar después.

¿Qué ocurrió? Ocurrió que finalizada la guerra en 1939, la ideología liberal conservadora no estaba bien vista en España -ni en la Europa de los totalitarismos y la crisis parlamentaria-, mientras que el falangismo tenía más que tintes revolucionarios. Por eso, los conservadores huyeron en general del falangismo, y, no pocos se acercaron a los sectores tradicionales. Tengo una fotografía en la que don Juan, hijo de Alfonso XIII, está con la boina roja en España durante la guerra. Cunado les convenía, tomaron el prestigio de los requetés, para hacerse un hueco en "el sistema", si es que el "sistema" no era parcialmenter suyo desde 1939. Se revestirán inicialmente con ropajes tradicionales, que no eran propios, para ser admitidos en la alta política. Así, poco a poco y gracias al "despotismo ilustrado" ejercido por ellos desde que empezaron a ocupar el poder, perjudicarán al Carlismo con la excusa de aplicar ellos el Decreto de Unificación de 1937, ya sea desvirtuando los principios tradicionales (¿es que hubo una verdadera democracia orgánica?)ya persiguiendo la organización carlista que, a fuerza de ser contraria al Régimen, no pocas veces estuvo en la clandestinidad. El acercamiento de don Javier al dicho Régimen, no fue seguido por muchos carlistas, por ejemplo por don Mauricio de Sivatte en Cataluña.

Repitamos. Los liberales conservadores pudieron desplazar a los carlistas y luego a los falangistas, gracias al Decreto de Unificación de 1937,accediendo así poco a poco al poder. Lo hicieron esgrimiendo un pseudo tradicionalismo, considerado por ellos mismos -y en esas circunstancias- como el único contenido válido. Válido ya por ser "por entonces" nacional -así decían-, ya en concepto de “mal menor” –término tan querido por ellos-, y, siempre como eficaz escudo práctico frente al fascismo europeo y, después, a la crítica y al estigma que España podía incurrir tras el definitivo triunfo del parlamentarismo en la Europa posterior a 1945.

De ésta manera, los conservadores tan sólo hicieron formalmente suyos algunos elementos tradicionalistas del pueblo carlista en general –no ya sus contenidos que hubieran sido salvadores según los propios carlistas-, pueblo al que minusvaloraban –menosprecio en realidad-, al que adosaban las categorías de poco ilustrado, absolutista y polarizado en una dinastía extraña, romántico, antiguo como otra época, económicamente descapitalizado, con nulas élites organizadoras, tan sencillo como ignorante, y de mucho más corazón que inteligencia. Todo ello era más que barojiano y recogía la "leyenda negra" anticarlista del s. XIX.

Vicente Pou, ya en 1842, señalaba cómo los liberales consideraban por entonces a los carlistas. Digo por entonces y desde entonces: "Todos se han complacido en ridiculizar a Carlos V y a sus defensores bajo este concepto, prodigándoles el nombre de fanáticos, de absolutistas, de hombres aferrados a ideas rancias, enemigos de la nueva libertad y de las luces del siglo" (La España en la preente crisis... Montpeller, 1842; reeditado en Madrid, Ed. Trdere, 2010, 242 pp., pág. 130)

¿Cómo acabó la cosa? Los liberales conservadores utilizaron a su beneficio el enorme esfuerzo de los voluntarios carlistas durante la guerra, pues los alfonsinos carecieron –lógicamente-de milicias populares en 1936. Fueron sustituyendo a los carlistas en la paz, aprovecharon su heroico esfuerzo, vaciaron y tergiversaron los principios sociopolíticos del tradicionalismo para, décadas después, instaurar en las Leyes los principios del Liberalismo. El Libro Blanco del ministro franquista Villar Palasí, contenía la cnfiguración y control de la educación Primaria y Secundaria por el Estado varios años antes de 1976. Los carlistas se enfrentaron con dicha Ley de Educación. Así, es comprensible que, desde el poder político y social, los liberales conservadores difundiesen la desmemoria sobre los carlistas, sus rivales seculares. Les robaron su presencia en la paz –aunque es cierto que muchos carlistas, nada posibilistas y hombres de lealtades, se retrajeron de las instituciones-, les ningunearon la memoria de su pasado, y crearon otra memoria confundiendo al Carlismo con las alteraciones sociales y hasta con la revolución, con guerras y violencia, con el desasosiego y la impolítica, en definitiva, con un mundo antiguo y “ya ido”. Le identificaron con las guerras (siempre desgraciadas y que a nadie le gustas)pero no con los medios políticos, periodísticos, sociales y laborales que los carlistas desarrollaron con éxito tras 1876. Realmente, los liberales conservadores se aprovecharon de los grandes esfuerzos y heroísmo de los carlistas frente al comunismo en 1936. Los carlistas no cobraron por lo que hicieron (ni era su intención) mientras que los conservadores, que no se movilizaron durante la guerra, se arovecharon de ellos. Parece que siguieron el lema oportunista siguiente: "Aprovéchate primero y difama para desplazar después" a tus contrarios. El ministro Alfonso Osorio dijo en 1976, tras la conocida "trampa" de primeros de mayo: "El Carlismo huele a sangre y telarañas". ¿Algunos quisieron hacer posible esta simplista pero expresiva declaración, para anular a los carlistas a las puertas de la llamada "transición democrática"? No obstante, si tales personas desaparecieron -aún queda alguno que entonces fue ministro y que en mayo de 1976 estaba el Londres-, los carlistas siguen hoy.

Algún lector pudiera añadir desde una perspectiva política, que si los liberales conservadores hicieron fracasar una verdadera restauración de España tras 1939, y a la postre el mismo régimen franquista al que sirvieron y del que se sirvieron, después harán fracasar a España en la democracia liberal por su concepción liberal, conservadora, "malminorista" y casi sin ideas. Pero esto último es opinión para otros blogs.
Disculpe el lector lo extenso de ésta Nota.
José Fermín Garralda